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23-F, entre mito y operación. Parte 1

Durante décadas, el 23 de febrero de 1981 se ha contado como la noche en que un grupo de militares nostálgicos intentó frenar la democracia… y el rey Juan Carlos la “salvó”. La versión que aquí se expone propone otra lectura: más que un golpe involutivo, habría sido una operación especial de corrección del sistema, concebida desde dentro de las propias estructuras políticas y militares para reconducir la Transición en un momento de colapso institucional.


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El contexto: luces rojas encendidas


A finales de los 70 y comienzos de los 80, España vivía:


  • Desgaste del gobierno de UCD y de Adolfo Suárez, con fracturas internas y pérdida de apoyos.

  • Terrorismo de ETA y sensación de inseguridad.

  • Tensión territorial por un proceso autonómico percibido por algunos como “suicida” o descontrolado.

  • Ley electoral que, según sus críticos, sobrerrepresentaba al nacionalismo vasco y catalán.


  • En este ambiente, distintos actores —políticos, económicos, militares y mediáticos— empezaron a hablar de la necesidad de un “golpe de timón”.



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La idea-fuerza: “Operación De Gaulle”


Desde el CESID (servicio de inteligencia), algunos responsables elaboraron un plan inspirado en la salida francesa de 1958: un gobierno de concentración presidido por un general respetado que estabilizara el sistema con poderes excepcionales por tiempo limitado.


En España, ese papel recaía en el general Alfonso Armada, figura de confianza del rey.


La fórmula contemplaba integrar a todas las fuerzas parlamentarias (excepto las nacionalistas); incluso se barajó a Felipe González como vicepresidente.


Según esta interpretación, el rey estaba al tanto —y era el eje— de las conversaciones previas. La instrucción que se repite en el relato es el pragmático “¡A mí, dádmelo hecho!”: aval a una solución que evitara tanto la involución como la deriva centrífuga del Estado.



El mecanismo: crear un “SAM”


Para forzar el consenso, se habría diseñado un Supuesto Anticonstitucional Máximo (SAM): una violación puntual de la legalidad que abriera la puerta a una solución “constitucional” de emergencia.


Ahí aparece el teniente coronel Antonio Tejero, cuyo asalto al Congreso serviría como detonante controlado; y Jaime Milans del Bosch, que apoyaría con un bando y movimientos limitados de tropas en Valencia.


En paralelo, Madrid vería movimientos parciales de la División Acorazada.


La fase 2 preveía la entrada de Armada en el Congreso para proponer el gobierno de concentración ya “preacordado”.


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La operación buscaba no derramar sangre y restituir rápidamente la legalidad… bajo nuevas reglas.


El giro inesperado: Tejero dice “no”


El plan encalló cuando Tejero rechazó la lista de gobierno que incluía a socialistas y comunistas.


Exigió un gobierno militar, saliéndose del guion.


Armada no logró imponer su autoridad ni franquear el paso al hemiciclo.


En ese punto, y ante la imposibilidad de culminar la “reconducción”, desde Zarzuela se activó la orden de restablecer el orden constitucional y se emitió el mensaje televisado del rey.


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¿Golpe fallido… o efecto psicológico?


Aunque fracasó su objetivo central, el 23-F dejó lo que el autor denomina un “golpe de Estado psicológico”: durante años, la clase política moderó apuestas y las agendas nacionalistas vieron parcialmente frenadas sus demandas más ambiciosas.


La lectura insiste en que sin el rey no habría habido 23-F (al menos en esa forma): todo giró en torno a él —antes, durante y después—, y todos los implicados creyeron actuar “a las órdenes del rey”.


Actores, silencios y fuentes


La reconstrucción subraya el papel de:


  • CESID (con José Luis Cortina y la AOME en la operativa).

  • Armada (presidenciable) y Milans (palanca militar).

  • Tejero (detonante y, a la postre, chivo expiatorio).

  • Sabino Fernández Campo (cinturón de seguridad institucional del rey).

  • Partidos de todo el arco, con PSOE y AP abiertos a un gobierno de concentración.

  • Apoyos externos buscados en EE. UU. y el Vaticano para legitimar la salida.


Se destaca, además, que la historia documental es escasa (desaparición de grabaciones, informes reservados), y que gran parte del relato se sostiene en testimonios orales de protagonistas y mandos.


¿Qué se pretendía corregir?


  • Reordenar el Estado autonómico (revisar el Título VIII).

  • Reformar la ley electoral para limitar el “poder bisagra”.

  • Endurecer la respuesta al terrorismo.

  • Blindar la monarquía ante el desgaste político del momento.


En resumen


Esta visión del 23-F lo presenta menos como un intento de vuelta al pasado y más como un intento —fallido— de reprogramar la Transición desde dentro del sistema, mediante una escenificación de fuerza limitada que desembocara en un gobierno excepcional.


El fallo humano —la negativa de Tejero y la falta de firmeza de Armada— alteró el desenlace y empujó a la restauración inmediata de la legalidad, cerrando en falso una operación que, de haber prosperado, habría cambiado el rumbo político de la España democrática.

 
 
 

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